No escribir con tiza la pizarra digital

BS_ChalboardCualquiera que haya pisado un centro educativo en los últimos años se habrá dado cuenta de lo poco que han cambiado los modelos didácticos desde que nuestra generación –cercana ya a las cuatro décadas- tuviera como segunda casa las aulas de un colegio.

Hasta el olor de las escuelas es diferente. Recuerdo que las clases de principios de los ochenta olían a plastilina, a la goma de aquellos balones de colores con dibujos de animales y a la madera recién afilada de la caja de doce “creyones” Alpino. Ahora, las clases dan olor a “electricidad”, ese olor a cable a punto de quemarse tan característico que generan los ordenadores, los proyectores, las tablets y la -todopoderosa- pizarra digital.

Quien me conoce sabe que no soy un “tecnófobo”, al contrario. Los nuevos tiempos vienen acompañados de herramientas electrónicas que han revolucionado la manera de relacionarse y comunicarse de los seres humanos y sería un grave error no aprovechar esos elementos para mejorar la educación de nuestros hijos. Sin embargo, nos equivocamos totalmente si creemos que llenar nuestras aulas de tecnología va a generar una considerable mejora de nuestro nivel educativo.

Pablo Díaz me comentaba hace unas semanas con motivo de la futura publicación de un nuevo libro sobre gobierno abierto que la tecnología no hacía “mejores ciudadanos”; me atrevo a añadir que la tecnología no genera “mejores alumnos”. Y es que, a pesar de los esfuerzos realizados para mejorar nuestra educación, todas las leyes aprobadas al respecto siguen preocupándose más por transmitir conocimiento que por la transmisión de valores, el sentido crítico, el esfuerzo o la enseñanza participativa.

Alumnos_TecnologíaConfiando en que ese vacío podía llenarse con “tecnología”, las diferentes administraciones públicas se han dedicado –incluso en época de recortes presupuestarios- a sembrar de código binario las aulas, olvidando que la salvación de nuestra educación no viene de la mano de un cambio de las herramientas con las que se enseña, sino de una necesaria adaptación del modelo educativo a los cambios sociales experimentados en las últimas décadas y que no sólo tienen que ver con los avances tecnológicos.

Debemos dejar atrás cuanto antes el modelo vertical de nuestro sistema de enseñanza en el que el profesor da la clase explicando los contenidos de un libro que, cuanto mejor se sepa el alumno, mejor nota sacará en el examen, así como las viejas técnicas como el dictado, la lectura del libro de texto en voz alta o la memorización de datos que, tras el examen, se olvidarán. Si no es así, el alumno seguirá finalizando sus estudios con un puñado de conocimientos y sin haber desarrollado su capacidad de pensamiento crítico que tan necesario es para su formación adulta.

Creo, sinceramente, que más allá de decisiones políticas, la verdadera transformación viene de la mano de un cambio de actitud del profesorado, una decisión firme de apostar por modelos educativos innovadores como el Aprendizaje basado en Proyectos que están ofreciendo grandes resultados en otros territorios desde hace décadas y del que hablaremos en próximos artículos.

Sin este espíritu innovador y sin un apoyo real a la labor de estos valientes docentes, me temo que el cambio no será posible y, tanto profesores como alumnos, seguirán escribiendo con tiza en fabulosas pizarras digitales.

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